Fallo ejemplar en favor de una joven indígena violada
Los conquistadores españoles -no colonos- llegaron al Río de la Plata en el siglo XVI. A ver, ¿quién se anima a hacer una estimación? A ver algún estadígrafo, demógrafo, antropólogo. ¿Cuántas violaciones de mujeres indígenas se habrán cometido desde entonces?
El 22 de mayo de 2005, en la localidad formoseña de Laguna Yema, hubo una más. Los autores fueron -según determinó la justicia- dos jornaleros criollos de unos 1,85 metros de altura y complexión atlética y la víctima una chica wichí de 18 años, 1,57 metros y 54 kilos.
Pero la noticia, que fue revelada por Sibila Camps en Clarín (www.clarin.com/diario/2008/05/10/sociedad/s-05401.htm), es que los violadores acaban de ser condenados a seis años de prisión por el Superior Tribunal de Justicia de Formosa, que confirmó la decisión de un juez de primera instancia, José Luis Pignocchi.
En su fallo, el juez citó al escritor Ezequiel Martínez Estrada: “La india sirvió al invasor de piel blanca como nocturno deleite después de un día ocioso (…) Lo cierto es que se hicieron más cortesanas que esposas y que las esposas no eran más que concubinas, junto a ellas bajo el mismo techo, frente a sus amos, en condición de bestias de trabajo y de placer”. (Radiografía de La Pampa, 1933)
El magistrado sostuvo además que “nada tan claro para captar la vigencia del hábito que comentamos, que la subsistencia lingüística de los términos que a él se refieren: ‘chinear’ (de ‘china’, doméstica o hembra en el quechua del siglo XVI), por mantener relaciones sexuales con mujeres indígenas o mestizas, o ‘chinero’, para denominar a quien se lo reconoce por su afición a dichas prácticas”.
Al ratificar la sentencia, la corte formoseña ponderó el hecho de que el padre de la víctima haya ido a hacer la denuncia, “superando la habitual actitud de conformismo y pasividad nacida a partir de la consecuente discriminación de la cual son objeto los pueblos indígenas en nuestra región”.
“Las mujeres indígenas han sido históricamente oprimidas y excluidas, por una triple condición: la de ser mujer, la de ser pobres y la de ser indígenas”, subrayó Ariel Coll, uno de los ministros de esa corte.
El mismo funcionario cuestionó también la actuación policial en el caso y afirmó que el informe del médico forense fue “esquizofrénico”.
Cuanta tela para cortar en este caso. Cuántas barreras hubo que vencer para llegar a este resultado. Primero, que la propia familia se animara a hacer la denuncia. Segundo, que pese a la mala actitud que le reprochó el juez, la policía la tomara y el médico forense se dignara a hacer un informe, aunque parece que sin mucho profesionalismo. Tercero, que el juez diera la razón a la víctima y desestimara la versión de los acusados -hay un tercero prófugo- de que fue una situación consentida. Cuatro, que el Tribunal Superior avalara el fallo de primera instancia. Aclaro que entre los miembros de ese tribunal hubo quien votó en contra.
Cuánto le deben las familias pobres al coraje de Ada Morales, la madre de María Soledad, que tan valientemente encabezó en la década pasada la lucha por llevar a la cárcel a los violadores y asesinos de su hija, protegidos hasta tal punto por el poder feudal de los Saadi en Catamarca, que fue necesaria una persistente pueblada, toda la solidaridad del país y poner en crisis a ese mismo poder para lograr justicia.
Igual me pegunto. ¿Y si en el caso de Formosa los acusados no hubieran sido jornaleros sino hijos de familias ricas o relacionadas con el poder…?
Miren lo que pasó en Chaco casi al mismo tiempo. La víctima de la violación fue una adolescente toba de 15 años, que fue atacada por tres criollos. La chica fue mal atendida en el puesto sanitario. La policía se negó durante horas a tomarle la denuncia a la madre, que no tuvo intérprete ni abogado. Tampoco le pusieron intérprete durante el proceso. Los acusados fueron absueltos. La víctima, sin asesoramiento, no apeló. Y ahí hubiera quedado todo como habrá pasado tantas veces.
Pero hubo otras instancias. El caso fue llevado hasta el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. No conozco los detalles pero está claro que alguien ayudó a esa familia que sola no supo ni apelar. Alguna ONG de derechos humanos, seguramente. Si alguien sabe cómo fue, lo invito a que lo cuente aquí.
Finalmente, con intervención del INADI (www.inadi.gov.ar) y de la Cancillería, el gobierno del Chaco se avino a resarcir a la víctima y su familia.
Estos casos me llegan mucho. Soy descendiente de españoles y con algunos genes celtas. De modo que no se trata de una “solidaridad de raza” o algo así sino de una auténtica convicción. Las injusticias me molestan pero éstas, cuando hay saña porque las víctimas son los más débiles e indefensos, me duelen y me sublevan.
Tags: Argentina, Discriminación, Indígenas
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