Sentado en el colectivo al lado del anciano con muletas parado

Todo terminó bien, pero mientras duró, les juro que estuve muy incómodo.

Todo comenzó cuando tomé el 146 de Villa del Parque al Centro el lunes y me senté en uno de esos asientos que miran hacia atrás, cerca de la puerta del medio. Por avenida San Martín, creo, subió un anciano con muletas a quien enseguida le ofrecieron un asiento, pero el hombre dijo que gracias pero tenía un problema en las piernas que le impedía ir sentado.

El buen señor se acomodó parado, con sus muletas, contra los caños que permiten fijar las sillas de ruedas, o sea, justo delante mío. “Acá estoy bien”, dijo y todo el mundo tranquilo.

El problema es que el pasaje se va renovando y cada uno que subía se sorprendía por la situación. Y claro, al primero que miraban con el ceño fruncido era a mí, que muy incómodo, ya había abandonado la lectura, para no dar encima la impresión de que me hacía el distraído.

Un hombre de unos 50 años me tocó el brazo y me reclamó: ¡El señor está con muletas! Pero el propio anciano le aclaró. Y yo sentía alivio porque de ese modo, todos los pasajeros nuevos se enteraban de que no era que no quisiera cederle el asiento.

Pero la gente seguía cambiando y yo sumaba nuevos censores de mi “increíble insolidaridad”. Sentí la mirada disimulada pero hostil de dos veinteañeras que sin embargo no se atrevieron a decirme nada. Yo sinceramente deseaba que lo hicieran, así todo se volvía a aclarar para los nuevos.

En Corrientes, una mujer de unos 40 años nos increpó a mí y mi compañero de asiento: “¿El señor con muletas parado y ninguno de ustedes le cede el asiento?”

Juro que fue un alivio, porque su intervención volvió a habilitar una explicación general para que escuchara todo el colectivo: “No, señorita, gracias, pero yo no puedo ir sentado”, dijo el buen señor.

Supongo que apiadado de mí, especialmente, porque mi compañero de asiento tenía 72 años y no había mucho que recriminarle, el señor de las muletas mantuvo una conversación con ambos el resto de su viaje, para mostrar que no éramos unos perversos antisociales sino que estábamos perfectamente al tanto de su problema, pero por algún motivo, que no era falta de sensibilidad nuestra, no se sentaba.

Al final, se bajó en el Obelisco, y lo ayudé, avisándole al conductor para que arrimara y dándole apoyo hasta la vereda. Y sentí alivio de que la situación hubiera terminado.

Después medité: la pasé mal, pero qué bueno que exista esa presión social en favor de los más débiles. Cuando me bajaba, saludé con la mano y una sonrisa a la mujer que había intervenido antes, que seguía en el coche. Se acercó y dijo: “Pido disculpas otra vez, pero soy abogada y esas cosas me hacen saltar”.

Qué bien esa gente. Y ojalá las veinteañeras que no se atrevieron a intervenir algún día lean esto y las motive para no quedarse calladas la próxima vez.

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One Comment en “Sentado en el colectivo al lado del anciano con muletas parado”

  1. Norma Says:

    Muy buena la anécdota.
    Pero lo que pasa casi siempre, es que nadie se quiere levantar. Y cuando sucede se trata de una persona grande, habiendo gente más joven alrededor.


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