La fugaz gestión del pinochetista embajador de Chile

El embajador designado por el gobierno chileno de Sebastián Piñera en la Argentina hizo un histórico papelón político y tuvo que irse dos neses después de haberse instalado en Buenos Aires, aunque por lo menos puede decir que lo recibió Mauricio Macri.

Miguel Otero Lathrop había dicho que “la mayor parte de la sociedad chilena no sintió la dictadura (de Pinochet, 1973-1990 ) sino que se sintió aliviada”.

De ningún modo en esta bitácora podríamos decirle algo a los chilenos, que sabrán por experiencia propia lo que allí vivieron. Pero sí vale la pena retrucar a este señor por la duda que pudo haber sembrado en algunos argentinos poco informados.

Para ello, recomiendo el excelente artículo del colega Jorge Oviedo en La Nación (lanacion.com.ar) de hoy, que reproduzco a continuación:

Lo de Pinochet era dictadura, se notaba y mucho

Mi padre me llevó a Chile por primera vez en 1969. Como muchos mendocinos, me enamoré de esa tierra. Volví muchísimas veces a ese hermoso país de gente amable y considerada. La mayor parte de mis visitas posteriores fueron mientras allí gobernaba Pinochet. No sé si como dijo el embajador chileno, Miguel Otero Lathrop, la mayor parte de los chilenos no sintió la dictadura. No puedo hablar por ellos. Pero cuando comencé a viajar sin compañía paterna la de Pinochet era una dictadura y, para mí, era muy evidente, aunque yo no llegaba precisamente desde un paraíso democrático. 

Tal vez era así de evidente porque muchos Carabineros llevaban en su uniforme un pequeño escudo que decía “11 de septiembre de 1973”. Eran los que recordaban haber participado directamente en las operaciones del día del golpe de Estado. Y parecían convencidos, ellos y sus pares que no tenían el distintivo, de que ese pequeño metal dorado los transformaba en una suerte de clase superior. 

O tal vez porque en enero de 1980, casi terminamos presos por sólo andar por la calle de noche cuando por primera vez fui con dos amigos y un hermano a veranear a Viña del Mar. Se nos ocurrió hacer una visita no planificada a la capital, Santiago, donde, sin saberlo nosotros, las reglas eran otras. 

Paseamos y cerca de la plaza principal nos demoramos en el atardecer comiendo unos exquisitos sándwiches con palta, mientras veíamos que a temprana hora las calles se vaciaban, mientras la gente parecía huir del centro. El encargado del local, presuroso, nos dijo que tenía que cerrar y nos recomendó que nos fuéramos rápido. Cuando le dijimos dónde estábamos alojados, que era bastante lejos, palideció: “¡Váyanse ya mismo, no sé si van a llegar! Si los agarran las patrullas los meterán presos ¡Hay toque de queda!” 

Lo había todo el año, aunque habían pasado más de seis del golpe. En la zona balnearia los suspendían en la temporada para no espantar a los argentinos que íbamos por entonces a gastar nuestra “plata dulce”. 

El Palacio de la Moneda estaba por entonces todavía en ruinas, tras el bombardeo y ataque en el que murió Salvador Allende en 1973. El edificio casi no se veía, tras una valla perimetral de madera y estaba prohibido tomar fotografías. 

Alguna vez estuve como periodista acreditado en el fantástico Festival de la canción de Viña del Mar. Para poder acreditarme tuve que hacer los 300 kilómetros de ida y vuelta a la capital, presentarme en el edificio Diego Portales, donde entonces funcionaba el Ejecutivo chileno y someterme a trámites e interrogatorios para que me entregaran una credencial, que venía acompañada con un folleto lleno de advertencias acerca de la cantidad de cosas consideradas “incorrectas” que harían que perdiera la acreditación y que nunca más me dieran una. Todo para ver un festival internacional de canciones. 

En otra ocasión en la Aduana presenté tontamente mi DNI, que tenía mis antecedentes en el servicio militar y, como era la norma, decía que había pasado a la reserva. El agente de migraciones lo vio y me sometió a un largo interrogatorio. Cuando a mi regreso le conté a mi padre, se espantó por mi inconciencia: “N seas b… no lo lleves nunca más a Chile”, me dijo mientras me devolvía el documento luego de haber mirado los sellos e inscripciones. 

Siempre dije ser “estudiante” o “empleado” en las fichas y declaraciones migratorias. Salvo cuando fui a trabajar y tuve que revelar mi profesión. Otro interrogatorio y veladas advertencias. 

Tuve en Chile amigos, “pololas”, pasé momentos felices, volví todas las veces que pude y aunque ya no vivo tan cerca, he llevado a mis hijos un par de veces a conocer esa tierra encantadora de la que también se enamoraron. De sus paisajes, de sus mariscos, de su tránsito ordenado. Me piden -casi exigen- que volvamos más seguido. 

Algunos amigos tenían allí negocios. En una de esas empresas había en los 80 una empleada que tenía un esposo silencioso, de mal genio y mirada amenazante. “Ni se te ocurra cruzarte en una discusión, odia a los argentinos y trabaja en la Dina”, me dijo un día mi coprovinciano que era el empleador de la mujer. El hombre de marras era un “servicio” y no lo disimulaba nada. Le gustaba mostrarse impune. 

En 1984, con la democracia ya instalada en la Argentina me resultaron más evidentes las diferencias con Chile. Ese año viajé con mis dos hermanos y un amigo y tuvimos un gravísimo accidente de tránsito. El menor de mis hermanos sufrió heridas muy importantes y fue internado y operado con serio riesgo para su vida. Por ello, según las severas y ejemplares leyes de tránsito chilenas, mi amigo que conducía el vehículo en el que íbamos quedó demorado en una seccional de Carabineros, al igual que el conductor del auto que nos chocó. 

Durante tres días me repartí entre el excelente y eficiente hospital donde estaba mi hermano y la moderna e impecable seccional donde estaba mi amigo. 

Una noche en la sede de Carabineros viví una escena de terror. Me había hecho conocido de los guardias, que me dejaban entrar a cualquier hora. Pero esa vez los noté particularmente nerviosos. Llegaba con buenas nuevas, a avisar a mi amigo y al otro accidentado que mi hermano estaba muy repuesto, lo que probablemente los liberaría a ellos de la detención. 

Encontré el hall de la comisaría a oscuras y a los dos demorados acurrucados en dos sillas en un rincón. Nada de lo que les dije consiguió conmoverlos y de a poco me di cuenta que estaban aterrados. Entre susurros me contaron lo que pasaba. 

Una hora antes una familia había llegado a contar que había sido atacada por los ocupantes de otro vehículo luego de un incidente circunstancial de tránsito. Además de los insultos y amenazas, decían, uno de los exaltados los había amenazado con un arma de fuego. Habían anotado la patente del otro automóvil y querían hacer una denuncia. 

En eso estaban cuando aparecieron los cuatro agresores. Dijeron que habían sido efectivamente ellos. Y fanfarronearon, según el relato de mi amigo y su acompañante. Dijeron ser miembros de fuerzas de seguridad, aunque vestían de civil, menos uno de ellos, que era hermano de un militar del Ejército. Cuando les dijeron que los denunciantes decían haber sido amenazados con un arma, uno de ellos la extrajo de entre sus ropas. “¡Sí! ¡Con ésta pistola, que le ha hecho muchos servicios a Chile!”, bravuconeó. 

Mi amigo me dijo en susurros en las penumbras, cuando yo ya estaba tan aterrado como él: “Vas a tener una gran historia para escribir, vos que sos periodista”. Y mi respuesta fue inmediata, aterrado de que los carabineros lo hubieran escuchado: “¡Ni lo digas, que no lo sepan estos tipos!” 

Un carabinero que parecía estar a cargo me pidió amablemente que me fuera. El parecía también muy tenso y me dijo por qué: “Puede haber problemas”. Luego con mi amigo se confió más y le reveló que temían ser atacados por el Ejército para recuperar a “sus hombres”, que estaban demorados. 

Supe luego por mi amigo que en la madrugada llegó un camión con militares vestidos con ropa de combate y armas largas. Se presentaron en la guardia y dijeron el cometido de la visita. “Venimos a buscar a nuestra gente”. Y era evidente, me contaron, que estaban dispuestos a llevárselos por la fuerza si encontraban oposición. 

Por nuestro accidente de tránsito, casi tres semanas después, debimos declarar en un juzgado. Por casualidad, estaban citados también los del incidente de esa noche. “Ahí está uno de ellos”, me dijo sorprendido y asustado mi amigo cuando identificó al único que habían procesado: el civil, hermano del militar. 

El resto parecía haber desaparecido del trámite judicial. La familia que había sido agredida no se presentó a ratificar la acusación, lo que a esa altura parecía más que razonable. 

Poco después, caminando por la bella Reñaca una noche nos adelantó un chileno de más de 30 años con paso enérgico. Por la menor temperatura nocturna, al igual que nosotros vestía suéter. Pero apenas nos superó nos dimos cuenta que por la espalda se había calzado un revólver entre el cinto y el pantalón. Y que no había cubierto el arma con el abrigo, por lo que resultaba muy visible. La visión suspendió nuestra animada charla. Nos quedamos mudos. El tipo debe haber percibido la razón del cambio y se volteó por sobre su hombro izquierdo sonriendo y mirándonos de reojo mientras con la mano derecha palpaba el revólver, que no estaba exhibiendo por accidente. 

Yo no puedo saber qué pensaba la mayoría de los chilenos. Sí sé que el gobierno del general Augusto Pinochet Ugarte era una dictadura. Muchos podrán contar muchas cosas peores de aquellos años. Miles tuvieron mucha menos suerte que yo, que por entonces viajaba de vacaciones y sin ningún interés por investigar. Y sin embargo, se notaba que había una dictadura. Se notaba, y se notaba mucho.

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One Comment en “La fugaz gestión del pinochetista embajador de Chile”

  1. Queima Says:

    El gobierno argentino dio de manera indirecta su opinión. Al reemplazante, Adolfo Zaldívar, le concedió el plácet en tiempo récord.


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