Archivo para septiembre 2014

Crónicas de Pérez 22: el miedo

8 septiembre 2014

La otra noche caminábamos con Pérez, mi perro, a la vera de la siempre transitada avenida San Martín. El tema de reflexión era el miedo incontrolable que le producen los rayos, experimentado nuevamente durante la tormenta de la madrugada anterior.

“Compañero, tenés que superarlo. No pasa nada”, le decía yo mientras le palmeaba la cabeza, y para mí pensaba compasivo en las limitaciones de su cerebro que le impedían comprender la seguridad de una casa ante ese fenómeno natural, pese a su capacidad destructiva incuestionable.

Comprendo claramente que no se trata de un problema exclusivo de Pérez. De hecho, a Lola, su hermanita del corazón, también la aterrorizan los truenos y, cuando empiezan, corre a meterse debajo de mi cama, donde permanece quieta y silenciosa, orándole -suponemos- a los dioses perrunos.

Pero Pérez, que además es ateo, por su tamaño tres veces mayor que el de Lola no tiene literalmente dónde meterse y camina jadeante sin parar por la habitación, baja a la planta baja y vuelve a subir, entra y sale del baño, dejando el piso regado de gotitas de saliva, que en esas situaciones segrega de manera hiperabundante. Finalmente viene hacia mí, ya despierto por tanto ajetreo, y me toca con su pata derecha.

Percibo su taquicardia en el abrazo y le explico con calma que no debe temer. Como sé que los actos trasmiten los mensajes mejor que las palabras, repito con calma los movimientos rutinarios de las madrugadas, como ir a orinar, pero no logro resultados apreciables en su ánimo. Invariablemente terminamos esperando juntos que la tormenta amaine o se aleje para poder reanudar el descanso.

De todo eso departíamos durante el paseo cuando, mientras transitábamos una desierta vereda que bordea la Facultad de Agronomía y Veterinaria, vi a tres personas en una apartada parada del transporte público.

Me puse alerta. ¿Esperaban realmente el colectivo? ¿Qué hacer? Como el tránsito no me permitía cruzar la avenida lejos de un semáforo pensé en dar la vuelta y regresar. La situación no aumentó mi caudal de salivación, como le ocurre a los perros, pero tal vez sí la segregación de mis glándulas sudoríparas, porque Pérez percibió inmediatamente lo que ocurría y asumió las decisiones.

Se puso un grado más altivo que su postura habitual y me condujo decididamente hacia adelante. Pasamos sin novedad al lado de los tres desconocidos que miraron con respeto al corpulento ovejero belga, la raza canina que posiblemente menos se haya alejado del aspecto de sus antecesores, los lobos.

Ya próximos a casa, me pareció percibir en Pérez una sonrisa de soslayo y quedé convencido de que meditaba compasivo sobre las limitaciones de mi cerebro que me impidieron comprender la seguridad que aporta un buen perro. Imagino que si hubiera tenido manos, me habría palmeado la cabeza.

Enzo Traverso: “Falta una visión utópica”

7 septiembre 2014

Encontré en una entrevista a Enzo Traverso, historiador italiano radicado en Francia, autor de “¿Qué fue de los intelectuales?”  (Siglo XXI), agudas reflexiones sobre el mundo actual, al que describe como carente de utopías, y sobre los intelectuales, hoy relegados en el debate público por “expertos” funcionales al poder real, personajes con conocimientos técnicos constituidos en figuras por los medios de comunicación.

Van algunas notas tomadas de la entrevista que le hizo la colega Astrid Pikielny, publicada por La Nación este domingo 7 de septiembre de 2014:

  • En un mundo sin utopías, en el cual el sistema económico-social, la democracia liberal, la sociedad de mercado y el capitalismo aparecen como algo natural, finalmente no se puede sino actuar como parte de ese mecanismo. Hoy falta una visión utópica que los intelectuales tenían a lo largo del siglo XX.
  • Los economistas son los intelectuales por excelencia del capitalismo financiero en el mundo neoliberal: intervienen en los debates públicos como expertos y si vemos los sueldos que muchos de ellos obtienen de los bancos u organismos que asesoran, son mucho más altos que los que reciben como investigadores o universitarios.
  •  El problema es que la sociedad misma hoy no mira al futuro, no genera utopías, y los intelectuales son el espejo de esa impotencia. Entonces, no se pude pedir a los intelectuales que sobrepasen los límites de su época. Esa es la contradicción fundamental del mundo de hoy: es una temporalidad de aceleración permanente con un horizonte cerrado, sin proyección al futuro y sin ninguna estructura prognóstica. Y eso explica también la obsesión por la memoria.
  • Una sociedad que no tiene futuro está casi obligada a mirar al pasado y esa mirada muchas veces toma un rasgo apologético: “Hay que sacar lecciones del pasado para confirmar que el presente es un orden sin alternativas posibles porque las revoluciones fracasaron, crearon monstruos totalitarios, hubo fascismos y dictaduras y, entonces, hay que aceptar el orden de hoy como un orden sin alternativas”, sostiene esa sociedad.
  • Esa falta de imaginación utópica es terrible. Hay ejemplos: la falta de alternativas y horizonte de futuro de las revoluciones árabes fue llenada por los fundamentalistas, o los movimientos de “los indignados” que tiene una idea muy clara de qué es lo que no les gusta del mundo de hoy, pero que no tiene la capacidad de formular una alternativa. (Agrego yo: esa misma carencia se notó cuando estalló la crisis de 2001 en la Argentina).
  •  Hay muchos motivos (por los cuales los intelectuales hoy deberían levantar la voz) y, frente a la globalización, el principal es el crecimiento impresionante y traumático de la desigualdad. Estamos viviendo una refeudalización del planeta. Esto amenaza la libertad, la democracia y la noción misma de ciudadanía. En un mundo en el cual la riqueza y la pobreza se desarrollan en formas extremas e incontrolables, no se puede hablar más de democracia, de una comunidad internacional o de un espacio público compartido.
  • Desde un punto de vista social, el mundo está volviendo al Antiguo Régimen, a pesar de que este proceso tome rasgos posmodernos, con  una aristocracia financiera en lugar de la nobleza terrateniente. La defensa del principio de igualdad me parece una causa central, como ya fue en el siglo XVIII para los filósofos de la Ilustración.