Crónicas de Pérez 22: el miedo

La otra noche caminábamos con Pérez, mi perro, a la vera de la siempre transitada avenida San Martín. El tema de reflexión era el miedo incontrolable que le producen los rayos, experimentado nuevamente durante la tormenta de la madrugada anterior.

“Compañero, tenés que superarlo. No pasa nada”, le decía yo mientras le palmeaba la cabeza, y para mí pensaba compasivo en las limitaciones de su cerebro que le impedían comprender la seguridad de una casa ante ese fenómeno natural, pese a su capacidad destructiva incuestionable.

Comprendo claramente que no se trata de un problema exclusivo de Pérez. De hecho, a Lola, su hermanita del corazón, también la aterrorizan los truenos y, cuando empiezan, corre a meterse debajo de mi cama, donde permanece quieta y silenciosa, orándole -suponemos- a los dioses perrunos.

Pero Pérez, que además es ateo, por su tamaño tres veces mayor que el de Lola no tiene literalmente dónde meterse y camina jadeante sin parar por la habitación, baja a la planta baja y vuelve a subir, entra y sale del baño, dejando el piso regado de gotitas de saliva, que en esas situaciones segrega de manera hiperabundante. Finalmente viene hacia mí, ya despierto por tanto ajetreo, y me toca con su pata derecha.

Percibo su taquicardia en el abrazo y le explico con calma que no debe temer. Como sé que los actos trasmiten los mensajes mejor que las palabras, repito con calma los movimientos rutinarios de las madrugadas, como ir a orinar, pero no logro resultados apreciables en su ánimo. Invariablemente terminamos esperando juntos que la tormenta amaine o se aleje para poder reanudar el descanso.

De todo eso departíamos durante el paseo cuando, mientras transitábamos una desierta vereda que bordea la Facultad de Agronomía y Veterinaria, vi a tres personas en una apartada parada del transporte público.

Me puse alerta. ¿Esperaban realmente el colectivo? ¿Qué hacer? Como el tránsito no me permitía cruzar la avenida lejos de un semáforo pensé en dar la vuelta y regresar. La situación no aumentó mi caudal de salivación, como le ocurre a los perros, pero tal vez sí la segregación de mis glándulas sudoríparas, porque Pérez percibió inmediatamente lo que ocurría y asumió las decisiones.

Se puso un grado más altivo que su postura habitual y me condujo decididamente hacia adelante. Pasamos sin novedad al lado de los tres desconocidos que miraron con respeto al corpulento ovejero belga, la raza canina que posiblemente menos se haya alejado del aspecto de sus antecesores, los lobos.

Ya próximos a casa, me pareció percibir en Pérez una sonrisa de soslayo y quedé convencido de que meditaba compasivo sobre las limitaciones de mi cerebro que me impidieron comprender la seguridad que aporta un buen perro. Imagino que si hubiera tenido manos, me habría palmeado la cabeza.

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