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La Argentina exporta el Pro-Huerta a Haití, parte 3

27 agosto 2012

Un veterano de Malvinas que admira a los nuevos patriotas haitianos

Buenos Aires, 28 de febrero de 2012.- El supervisor general del Pro-Huerta en Haití, Pancho Zelaya, es un tucumano de 49 años, casado, con tres hijos, veterano de la Guerra de las Malvinas y exmilitante gremial ferroviario que admira a sus compañeros haitianos en el proyecto.

“He conocido a una nueva generación de patriotas haitianos. Tienen formación técnica y están bien pagos en otros lados pero eligen venir a su país, pobre y destruido, para ayudar a su gente”, dijo Zelaya, con respeto.

Y lo afirma un hombre que cultiva valores, al punto que cuando va a Haití, sin cobrar por ello retribución especial, siente que está devolviendo “algo de la solidaridad recibida de todos los pueblos de América por la Guerra de las Malvinas”.

Zelaya hizo su primer viaje en agosto de 2005, “y ya van como 40”, comentó. “La pobreza me impactó, pero vi mucha dignidad”.

“Todo el mundo busca en qué ganarse el mango. No hay agresividad, no es común el arrebato en la calle. He recorrido todo el país, y no he sentido ese clima opresivo, ese miedo que se siente en otros países de Centro o Suramérica”, elogió.

Destacó además que se sintió personalmente muy bien recibido. “Más por ser argentino -aseguró- porque respiran fútbol, y son de Brasil o de la Argentina, apasionados pero sin fanatismo. Hay banderas de ambos pintadas en algunas paredes”.

“Se ven muchas fotos de (Diego) Maradona. Ahora más de (Lionel) Messi, y la camiseta de la Selección está por todos lados. Hay haitianos que te recitan, con su acento, la formación de Argentina subcampeón en Italia 90. Es impresionante”, refirió asombrado.

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La Argentina exporta el Pro-Huerta a Haití, parte 2

26 agosto 2012

15.000 haitianos producen sus alimentos con método argentino

Buenos Aires, 28 de febrero de 2012.- Más de 15.000 personas, que laboran 1500 huertas, producen alimentos para su propio consumo en Haití, el país más pobre de América, bajo la supervisión del programa argentino Pro-Huerta, según informaron sus responsables.

Se trata de una iniciativa conjunta del Ministerio de Desarrollo Social y el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), dependiente del Ministerio de Agricultura.

El programa de “autoproducción de alimentos con técnicas agroecológicas”, lleva 21 años de desarrollo en la Argentina, pero tuvo su mayor crecimiento a partir de la crisis de 2001.

Actualmente consta en el país una red de 20.000 promotores voluntarios que acompañan 630.000 huertas y 148.000 granjas, en las que participan 3,6 millones de personas.

En Haití el programa llegó en 2004, de la mano de la Cancillería Argentina como parte de la cooperación internacional con ese país, donde recibió apoyo financiero de Canadá, y en segunda instancia de España.

“Esta experiencia se ha convertido en un ejemplo exitoso de cooperación orientada a la temática de seguridad y soberanía alimentaria, además de tener un costo comparativamente muy inferior a otras iniciativas de cooperación, y muy buena apropiación comunitaria”, afirma un documento del Pro-Huerta.

Tras el letal terremoto de 2010, se solicitó al programa la elaboración de un proyecto de ampliación para alcanzar un universo de un millón de haitianos en cinco años, que ya ha comenzado a implementarse.

La Argentina exporta a Haití un exitoso programa social, el Pro-Huerta

25 agosto 2012

¿Conocen el Pro-Huerta? Seguramente muchos no sólo lo conocen sino que están vinculados con él, porque este pograma estatal que promueve la autoproducción de alimentos en grupos comunitarios, ya tiene 21 años de historia, cuenta con 20.000 promotores voluntarios y acompaña a más de 630.000 huertas y 148.000 granjas, que alcanzan a más de 3,6 millones de personas.

A principios de este año, cuando esta bitácora estaba un poco abandonada, hice una nota para mostrar cómo esta política social también ayudaba al castigado pueblo haitiano. Va la primera parte.

En Haití, el Pro-Huerta da comida, crea redes y fortalece al Estado

Buenos Aires, 28 de febrero de 2012.- El programa argentino Pro-Huerta lleva siete años creciendo en el devastado Haití, donde además de proveer comida a miles de familias, enhebra redes comunitarias y facilita la presencia estatal para otras acciones.

·“Lo novedoso no es la idea de las huertas, que muchas ONG las pueden promover, sino que es una política de estado; intervenimos junto al Estado Haitiano”, explicó el argentino José Francisco Zelaya, supervisor técnico del Pro-Huerta en el país caribeño.

Entrevistado en Buenos Aires a punto de emprender su enésimo viaje a Puerto Príncipe, Zelaya explicó que “la cooperación tradicional manda cooperantes que hacen su trabajo y listo; en cambio nosotros generamos redes en la comunidad”.

·“En esto el rol imprescindible es el del promotor, la figura que se compromete a organizar el grupo. Es central encontrar a esas personas”, afirmó.

Describió que “esa figura comunitaria lleva las demandas al programa y el programa actúa a través de él; es el representante de la comunidad en el programa y no al revés”. De ese modo se establece un canal con cada grupo que se organiza, que puede ser aprovechado para otras políticas de estado.

“Cuando fue la epidemia de cólera pudimos capacitar a cientos de promotores en la prevención. En la inundación de 2008, con 700 muertos, el Pro-Huerta detectó lugares aislados para que llegara la asistencia y se organizó la ayuda humanitaria”, ejemplificó.

Según Zelaya, de este modo “la Argentina aporta a que la solución de los problemas de Haití sea social y política, y no que sea mandar tropas”, como prefieren otros países.

“Esto es un ejemplo de cooperación sur-sur. No fuimos como portadores de la idea salvadora sino a aportar, aprovechando la riqueza argentina en recursos humanos y nivel educativo”, remarcó.

Relató que cierta vez, alguien dijo que tenían las semillas y preguntó cuándo podrían empezar, y la respuesta fue que de inmediato, solo había que preparar la tierra. “Por fin alguien nos dice que podemos hacer lo que sabemos que podemos hacer”, dijo el interlocutor.

Esa actitud facilitó también vencer cierto escepticismo. “Como la organización del Pro-Huerta tiene su corazón en los promotores voluntarios, en Haití nos decían `no va a andar, acá todo se paga`. Bueno, en la Argentina esta experiencia no funcionó por decreto sino por convicción de la sociedad civil, y en Haití se fue logrando también”, explicó.

“Hemos ido a lugares donde debe respetarse la cultura local, el cura, el pastor, el vudú. Vamos trabajando sobre la organización existente y vamos capacitando. Ya es muy poco lo que hacemos en forma directa porque ya tomaron la posta los técnicos haitianos”, comentó.

Cada escalón alcanzado habilita nuevas metas, no solo en cantidad. “Vamos incorporando nuevos componentes, como el mejor aprovechamiento del agua, construir las herramientas en forma local; buscamos también que autoproduzcan sus semillas, las que permita el ambiente local”, propuso.

“Los 23 coordinadores son haitianos, el coordinador general es haitiano, un ingeniero agrónomo; también hay técnicos locales. Eso significa que si un día nos tenemos que retirar, no se produce el vacío. Queda esa organización del pueblo haitiano”, resumió.

Hay 10.000 millones de dólares para aliviar a Haití

1 abril 2010

La comunidad internacional, o sea los gobiernos de todo el mundo, hicieron donaciones por un total de casi 10.000 millones de dólares para la reconstrucción de Haití, que se usarán en los próximos tres años, según informó el secretario general de la ONU, Ban Ki Moon.

Es una gran noticia, un alivio para el castigado pueblo haitiano. Se alcanzó un buen monto y la reconstrucción de ese país caribeño, devastado por el terrible terremoto de enero, puede comenzar ya mismo.

La secretaria norteamericana de Estado, Hillary Clinton, mostró gran satisfacción. “Es la comunidad internacional la que hoy sale vencedora -dijo- cuando entre los países donantes encontramos no solamente a los desarrollados sino también a, por ejemplo, Malí y Montenegro“.

“Ahora es necesario -dijo- moverse urgentemente con una acción que lleve a Haití medicinas y escuelas, pero sobre todo médicos y maestros“.

“La jornada de hoy debería ser proclamada ’La Jornada Mundial de la Solidaridad’“, afirmó, por su parte, el canciller brasileño Celso Amorim.

Bien el Pro-Huerta de la Argentina en Haití

12 febrero 2010

Quiero destacar lo que están haciendo argentinos en Haití. No me refiero a la participación de soldados y gendarmes argentinos en los cascos azules de la ONU emplazados en el país. Eso es muy cuestionable. Con todo, no quita méritos a la destacadísima actuación del Hospital Reubicable de la Fuerza Aérea ante la emergencia del terremoto. Pero la presencia militar es para otra entrada.

Lo que me cayó bárbaro, y lo comparto aquí, es la tarea que está haciendo el Pro-Huerta, un programa por el cual se organiza y capacita a familias o pequeñas comunidades que dispongan de un lote de tierra cultivable para que puedan organizar la producción de alimentos frescos para sí mismos, y se los provee de las semillas para que arranquen.

Ese programa ayudó, y lo sigue haciendo, a cientos de miles de personas en la propia Argentina especialmente desde la crisis de 2001, y ahora ya resuelve también la subsistencia de 80.000 haitianos.

Si quieren saber más cómo funciona vean aquí: http://www.inta.gov.ar/extension/prohuerta/

El canciller Jorge Taiana dijo además que por convenios con Japón y con España, el Pro-Huerta seguirá expandiéndose en la castigada Haití.

Ahora ya alimenta a 80 mil haitianos y el presidente de Haití lo tiene muy presente porque busca que sea una de las herramientas para usar más aún para garantizar la seguridad alimentaria de su pueblo” afirmó el canciller. “De hecho, actualmente el Pro Huerta está presente en 6 de los 10 estados y apuntan a que con la cooperación de nuestro país, avance a los 10 estados y llegue a 200 mil personas en los próximos meses”, anunció Taiana.

Aplausos.

Haití muestra un mundo mal preparado para ayudar

22 enero 2010

Al margen de la polémica desatada en torno de las intenciones de los Estados Unidos en Haití, son muchas las torpezas y acciones absurdas que se están viendo en estos días en la zona del desastre, mientras la gente agoniza.

En general se pone en evidencia que el mundo, mejor dicho las potencias con capacidad económica, están muy bien preparadas para la guerra pero sólo improvisan cuando es necesario ayudar. O hacen otra cosa menos desinteresada. Y muestra que algunos periodistas, en vez de ponerse a tono con las circunstancias, se convierten en parte de los problemas.

Quiero compartir un texto escrito por un periodista de España, Jacobo G. García, asqueado de lo que vio en Puerto Príncipe, quien cita a su vez un pertinente artículo del colega y escritor Arturo Pérez Reverte, también español.

DESDE DONDE MIRAMOS

Jacobo G. García | Puerto Príncipe, viernes 22/01/2010

 ¿Se puede llegar a un terremoto con maleta de ruedas? Sí. ¿Puede una revista que dedica su última portada a los maquillajes más sorprendentes y a las joyas que vienen para este año enviar a un periodista para la cobertura? Sí. ¿Puede llegar alguien a la zona más devastada del planeta sin agua, comida ni un teléfono en condiciones? Sí.

¿Puede la AECID (Agencia Española de Cooperación Internacional y Desarrollo) llevar a más de veinte periodistas dentro de un avión de emergencias? Sí. ¿Puede un periodista ponerse a llorar cagado de miedo nada más poner un pie en Puerto Príncipe al verse rodeado de negros? Sí, y ¿puede el ministro de Exteriores (de España) buscarles casa a todos los periodistas para que trabajen con “plena seguridad” cuando sólo ayer hubo tres réplicas y ni la policía ha sido capaz hasta ahora de tomar el control de las calles? Sí, y no sólo eso si no que Juan Pablo De Laiglesia, secretario de Estado para Iberoamérica, tuvo que perder un día entero en cumplir la orden del ministro, en medio de un desastre de estas dimensiones. Y además de todo eso incluyan ustedes a una estrella de la televisión nacional convertida en la mayor mosca cojonera de cuantos han pasado por ahí.

El jueves por la noche, junto a muchos otros informadores de todo el mundo, llegó la orden de los marines de EEUU para que la prensa abandonara las instalaciones del aeropuerto de Puerto Príncipe, que los periodistas habían tomado como base de operaciones para realizar su trabajo. En los últimos días en el aeropuerto desembarcaron miles de efectivos estadounidenses cargados hasta los dientes, los aviones militares aterrizaban cada pocos minutos y el material de emergencia corría de forma frenética por la pista pero paseando alegremente en medio de ese desmadre aparece siempre algún periodista. Y fumando.

¿En algún aeropuerto del mundo alguien permitiría una situación así? Pues aquí en Puerto Príncipe así sucedía hasta el jueves. Hasta que fueron expulsados del aeropuerto. Pero no sólo la prensa española sino los periodistas de medio mundo como era lógico.

Pero los periodistas no tienen toda la culpa no, si no que la tiene un paternalismo estúpido que hace que un señor de Moncloa tenga que aterrizar para ver si estamos bien. Aquí no hay desabastecimiento y la comida se puede comprar perfectamente en las calles, eso sí a precios disparatados aunque perfectamente asumibles para un señor que paga en euros. Así que no hay necesidad de ir a robar por la noche (sí, robar por la noche) la comida traída desde España para los equipos de rescate. Tampoco hay violencia, salvo saqueos puntuales, lógicos en estas circunstancias y la electricidad no se ha ido nunca. Pero no, muchos periodistas preferían vivir bajo el cobijo de la gallina de la AECID antes que enfrentarse solos a la una ciudad destrozada de la que lo desconocen todo.

Y aprovecho para adjuntar un artículo de Arturo Pérez Reverte, que lo explica todo mejor que yo:

“Hace treinta y dos años desaparecí en la frontera entre Sudán y Etiopía. En realidad fueron mi redactor jefe, Paco Cercadillo, y mis compañeros del diario ‘Pueblo’ los que me dieron como tal; pues yo sabía perfectamente dónde estaba: con la guerrilla eritrea. Alguien contó que había habido un combate sangriento en Tessenei y que me habían picado el billete. Así que encargaron a Vicente Talón, entonces corresponsal en El Cairo, que fuese a buscar mi fiambre y a escribir la necrológica. No hizo falta, porque aparecí en Jartum, hecho cisco pero con seis rollos fotográficos en la mochila; y el redactor jefe, tras darme la bronca, publicó una de esas fotos en primera: dos guerrilleros posando como cazadores, un pie sobre la cabeza del etíope al que acababan de cargarse. Lo interesante de aquello no es el episodio, sino cómo transcurrió mi búsqueda. La naturalidad profesional con que mis compañeros encararon el asunto.

Conservo los télex cruzados entre Madrid y El Cairo, y en todos se asume mi desaparición como algo normal: un percance propio del oficio de reportero y del lugar peligroso donde me tocaba currar. En las tres semanas que fui presunto cadáver, nadie se echó las manos a la cabeza, ni fue a dar la brasa al Ministerio de Asuntos Exteriores, ni salió en la tele reclamando la intervención del Gobierno, ni pidió que fuera la Legión a rescatar mis cachos. Ni compañeros, ni parientes. Ni siquiera se publicó la noticia. Mi situación, la que fuese, era propia del oficio y de la vida. Asunto de mi periódico y mío. Nadie me había obligado a ir allí.

Mucho ha cambiado el paisaje. Ahora, cuando a un reportero, turista o voluntario de algo se le hunde la canoa, lo secuestran, le arreglan los papeles o se lo zampan los cocodrilos, enseguida salen la familia, los amigos y los colegas en el telediario, asegurando que Fulano o Mengana no iban a eso y pidiendo que intervengan las autoridades de aquí y de allá �de sirios y troyanos, oí decir el otro día�. Eso tiene su puntito, la verdad. Nadie viaja a sitios raros para que lo hagan filetes o lo pongan cara a la Meca, pero allí es más fácil que salga tu número. Ahora y siempre. Si vas, sabes a dónde vas. Salvo que seas idiota. Pero en los últimos tiempos se olvida esa regla básica. Hemos adquirido un hábito peligroso: creer que el mundo es lo que dicen los folletos de viajes; que uno puede moverse seguro por él, que tiene derecho a ello, y que Gobiernos e instituciones deben garantizárselo, o resolver la peripecia cuando el coronel Tapioca se rompe los cuernos. Que suele ocurrir.

Esa irreal percepción del viaje, las emociones y la aventura, alcanza extremos ridículos. Si un turista se ahoga en el golfo de Tonkín porque el junco que alquiló por cinco dólares tenía carcoma, a la familia le falta tiempo para pedir responsabilidades a las autoridades de allí �imagínense cómo se agobian éstas� y exigir, de paso, que el Gobierno español mande una fragata de la Armada a rescatar el cadáver. Todo eso, claro, mientras en el mismo sitio se hunde, cada quince días, un ferry con mil quinientos chinos a bordo. Que busquen a mi Paco en la Amazonia, dicen los deudos. O que nos indemnicen los watusi. Lo mismo pasa con voluntarios, cooperantes y turistas solidarios o sin solidarizar, que a menudo circulan alegremente, pisando todos los charcos, por lugares donde la gente se frota los derechos humanos en la punta del cimbel y una vida vale menos que un paquete de Marlboro. Donde llamas presunto asesino a alguien y tapas la cara de un menor en una foto, y la gente que mata adúlteras a pedradas o frecuenta a prostitutas de doce años se rula de risa. Donde quien maneja el machete no es el indígena simpático que sale en el National Geographic, ni el pobrecillo de la patera, ni te reciben con bonitas danzas tribales. Donde lo que hay es hambre, fusiles AK-47 oxidados pero que disparan, y televisión por satélite que cría una enorme mala leche al mostrar el escaparate inalcanzable del estúpido Occidente. Atizando el rencor, justificadísimo, de quienes antes eran más ingenuos y ahora tienen la certeza desesperada de saberse lejos de todo esto.

Y claro. Cuando el pavo de la cámara de vídeo y la sonrisa bobalicona se deja caer por allí, a veces lo destripan, lo secuestran o le rompen el ojete. Lo normal de toda la vida, pero ahora con teléfono móvil e Internet. Y aquí la gente, indignada, dice qué falta de consideración y qué salvajes. Encima que mi Vanessa iba a ayudar, a conocer su cultura y a dejar divisas. Y sin comprender nada, invocando allí nuestro código occidental de absurdos derechos a la propiedad privada, la libertad y la vida, exigimos responsabilidades a Bin Laden y gestiones diplomáticas a Moratinos. Olvidando que el mundo es un lugar peligroso, lleno de hijos de puta casuales o deliberados. Donde, además, las guerras matan, los aviones se caen, los barcos se hunden, los volcanes revientan, los leones comen carne, y cada Titanic, por barato e insumergible que lo venda la agencia de viajes, tiene su iceberg particular esperando en la proa.”

El despliegue de los EEUU en Haití levanta sospechas

21 enero 2010

Pobre Haití. Además de soportar la terrible catástrofe, en la que ya se calculan más de cien mil muertos, no está claro qué hará luego los Estados Unidos que a partir de la emergencia del terremoto instaló allí a miles y miles de tropas.

A ver. No se trata de médicos cubanos ni de cascos blancos argentinos, no son bomberos venezolanos ni  rescatistas uruguayos con perros, que de todo eso también hay en Haití y qué bueno que allí estén. Estos son infantes de marina estadounidenses con la misma preparación y armamento para la guerra que llevan a Irak, Afganistán, Pakistán y todos los lugares donde Washington interviene militarmente.

Un diplomático de la embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires trató de explicar todo esto. Yo creo que no lo consiguió. Copio el enlace:  http://www.clarin.com/diario/2010/01/21/elmundo/i-02124058.htm