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Crónicas de Pérez 17: el otoño

21 abril 2013

Hacía mucho que no paseaba con Pérez, mi perro, atrapado como estaba entre mucho laburo profesional y la gratificante pero ardua tarea de pintar mi casa.

Con ambos frentes ya mejor controlados, finalmente explotó el grito de mi conciencia acicateado por la insostenible mirada demandante de Pérez, que en las últimas semanas venía confinado a un tacaño régimen de cortas caminatas nocturnas para ir a tirar la basura.

Y allí fuimos la otra tarde, unidos por una correa ya que no es posible tomarnos de la mano, a buscar a la pequeña Guillermina al colegio.

¡Qué linda es Buenos Aires en abril!, nos dijimos con una mirada. Fue salir de casa y rendirnos ante la alianza estética de los mil ocres que alfombran las calles y los rayos del sol otoñal que infiltran oro en el follaje diezmado de las copas.

Allí iba Pérez, con las orejitas levantadas produciendo un rítmico crepitar de horas secas, con su habitual tenacidad canina para exigir siempre mayor velocidad, cualquiera sea el ritmo que logre llevar el humano que viene detrás, o sea, yo.

El paseo, con todo lo hermoso que puso la naturaleza como escenario, no pudo eludir un toque triste de absoluta responsabilidad humana: ambos sabíamos que esa sería una de las últimas tardes en que veríamos los adoquines de Tinogasta, Emilio Lamarca y alguna otra calle del barrio, donde ya todo está preparado para sepultarlos con asfalto. Creemos que el entierro no pasa de esta semana.

Le busqué la lengua a Pérez, entonces, para que se despachara con alguna reflexión crítica. Dio unas vueltas, me dijo que quería tomar distancia de esas esferas, que no quería herir a personas que pensaran distinto y parecía que ahí terminaba el diálogo. Sin embargo, un par de cuadras después se despachó con un diálogo gracioso y a la vez crítico.  Se los paso:

– Ingeniero, ¿qué son para Ud. los vagones históricos del subte A?

– Basura.

– ¿Y las casas antiguas, la confitería Richmond, la Casa Suiza?

– Basura.

– ¿Y los bancos de plaza de hierro forjado con listones de madera que están reemplazando en la costanera por unos bloques de concreto?

– Basura.

– ¿Y los adoquines que pusieron los presos en Villa Devoto y Villa del Parque hace un siglo?

– Basura.

– ¿Y los monumentos que sacaron de las plazas Colombia, Canadá y Los Andes?

– Basura.

– ¿Y que es para Ud. la basura?

– Negocio.

Crónicas de Pérez 16: con Lola

26 febrero 2013

Fui con Pérez, mi perro, a dar un paseo corto, como acostumbro últimamente dado que ando muy ocupado con la pintura de mi casa. La novedad esta vez es que también vino Lola, mi perra.

Ellos son muy distintos, de aspecto y de personalidad. Pérez es un pastor belga, negro, obvio, y Lola una PCP, perro callejero promedio, marrón, obvio, y debe pesar entre un tercio y un cuarto lo que pesa su hermano del corazón.

Pero además, Pérez requiere correa y Lola se ciñe psicológicamente a la manada y responde a la voz del elemento alfa, o sea, yo (je). Con Pérez siempre nos cuidamos de no dejar la puerta abierta, porque se escapa. En cambio, Lola, si se queda afuera, llora para entrar.

La explicación que nos damos en familia es que Pérez debe haber nacido en una casa y ama irse por ahí. A diferencia de Lola que, como es de la calle, valora mucho tener una casa.

Anoche fuimos a llevarle su ración de agua a nuestro ahijado, el paraíso que estamos criando en la zona de las canchas de tenis del Gevepé (Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque) que, por ser lunes, estaba inactivo, oscuro y silencioso. La noche estaba fresquita y algo ventosa.

Salvo por un par de momentos de tensión, cuando nos ladró un vecino de pocas pulgas y cuando salió al balcón el weimaraner de la otra cuadra, anduvimos tranquilos con la rutina habitual de husmear árboles mientras escuchamos los sonidos de la noche: los jadeos de Pérez, las uñitas de Lola sobre las baldozas, el paso de un auto solitario produciendo como un burbujeo sobre los adoquines, el rumor del follaje de los árboles movidos por el viento, el estruendo de un 84 en el comienzo de  una vuelta nocturna.

La Luna, casi llena, reinaba esplendorosa en el cielo despejado. Pero el clímax del paseo lo aportó el semáforo de Tinogasta y Emilio Lamarca, el primero en estas calles, recién estrenado. Comprobamos con satisfacción que anda muy bien y coincidimos en que su momento más lucido es cuando se pone en rojo.

Crónicas de Pérez 15: libertad/seguridad

2 febrero 2013

– Escuchame inconsciente –le dije a Pérez, mi perro-, acaso te pensás que vivís en el campo. No podés ir correteando por allí y que te pise un auto ¡o el tren!

– No te enojés, Rauli -cuando está contemporizador me dice Rauli, como mi hermana-, es que necesitaba hacer ejercicio… mejor dicho, necesitaba, por un rato, moverme en libertad.

– Pero con la libertad que te tomaste pusiste en riesgo tu seguridad. Yo te vi cruzar las calles sin mirar y sin preocuparte por semáforos ni sendas peatonales. Hasta te pudieron robar.

– Bueno, justamente, si me atengo a las normas, ¿dónde estaría la libertad que quise disfrutar? Si hasta bozal me tendrías que poner además de la correa.

– Y bueno, viejo, es el precio de vivir seguro.

– Pará, pará, no es tan simple. Libertad o seguridad es un debate que lleva siglos y no se puede zanjar con un par de afirmaciones de autoridad. Los humanos lo vienen discutiendo entre ellos desde que inventaron la esclavitud, y con los animales desde bastante antes, cuando crearon la domesticación. Y este episodio ocurrió justo en el bicentenario de la Asamblea del Año XIII, que buen aporte hizo.

– ¿De qué me hablás? La ciudad es peligrosa para vos suelto.

– Sí, Rauli, pero está en mi naturaleza, como te explicó tu hijo con el ejemplo de su gata Amelie, que se va a pasear por la cornisa.

– Bueno, es el mismo caso. Te quiero proteger, debo hacerlo.

– Pero decime, ¿acaso vos no tomás riesgo cuando te permitís que hagamos los paseos de noche por calles desoladas? Ahí el que te protege soy yo.

– Y sí…

– Por eso, charlemos esto con detenimiento para encontrar un buen acuerdo. El debate libertad/seguridad es una falacia cuando se finge que se ofrece seguridad pero el propósito es coartar la libertad, por ejemplo, en la ganadería y en los zoológicos.

– O en las mafias y en las dictaduras …

– Así es, la clave es la intención del que tiene la capacidad de dar seguridad. Si es el estado, que sea democrático y pueda ser controlado por la ley y la ley funcione.

– Pero, ¿y entre nosotros?

– Rauli, yo te reconozco como líder de la manada y no dudo de tus intenciones. Aquí lo que determina es la confianza. Tenemos que encontrar una solución.

Crónicas de Pérez 14: la escapada

1 febrero 2013

Me enojé con Pérez, el boludo de mi perro. Resulta que el muy piola aprovechó que yo estaba haciendo una limpieza del frente de mi casa, vio una puerta abierta y salió a dar una vuelta autónoma. Largué todo, agarré la correa-cadena y salí en su persecución, llamándolo y silbando para que se dejara alcanzar o regresara. El muy inconsciente se hacía el que no me oía, me miraba de reojo y rajaba en cuanto me acercaba, y sepan que no existe en el mundo situación que me haga sentir más sexagenario que tener que correr a un perro. Encima, el guacho anda a los saltitos gentiles, como si se burlara de mis limitaciones psicomotrices. Allí iba muy orondo, correteando despreocupadamente por Simbrón, José Pedro Varela, San Nicolás, Emilio Lamarca como si fuera uno de sus antepasados retozando entre los rebaños en los alegres prados de Bélgica antes de la blitzkrieg alemana de 1940. ¡Hasta pasó las vías y amagó con cruzar entre el tránsito endemoniado de Beiró! Se dio el lujo de ir a visitar a un amigo que tiene en una ventana de Ricardo Gutiérrez, al lado del espacio del ensayo de la murga del barrio. Su desconsiderado comportamiento duró como una hora. ¡Una hora con 36 grados! Pero me parece que el calor fue mi aliado porque al final, Pérez mismo no quería más lola y, después de husmear el agua sucia de una zanja, pensó que sería mejor reencontrarse con su bebedero y me dejó tomarlo del collar permanente. Volví a casa retándolo todo el camino, aunque ya aliviado de saberlo nuevamente seguro. No le dirigí la palabra por el resto del día.

Crónicas de Pérez 13: el Parque Centenario

31 enero 2013

Con Pérez, mi perro, fuimos anoche a regar el arbolito (no es una metáfora). Íbamos callados y con paso cansino y mi primera impresión fue pensar: “Y claro, con el calor que hizo hoy, y hace todavía…”. La elevada temperatura había sido justamente la que nos marcó la obligación de salir, porque el paraíso bebé que estamos incubando en la calle Tinogasta a la altura de las canchas de tenis de Gevepé (GEVP, Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque) va a crecer mejor si recibe regularmente una buena provisión de agua, especialmente necesaria en días como éstos. Pero el ánimo caído tenía otro origen. Acabábamos de volver a ver en la tele la represión en el Parque Centenario y el impacto del episodio nos robó la despreocupación habitual en nuestros paseos nocturnos. Creo que fuimos comprendiendo lo que nos pasaba mientras vaciábamos las botellas y lo vinimos conversando en el camino de regreso. “Julieta Elgul, de Canal 7, con dos balazos de goma en el abdomen; agresiones a los de Canal 26 y vecinos y feriantes sacados a los empujones por la Policía Metropolitana…”, decía yo indignado. Pérez escuchaba pero no hablaba, hasta que al final, impaciente, le pregunté: “¿vos qué opinás?”. La respuesta de Pérez me dejó más preocupado todavía: “Las rejas y las tarifas altas, así como los muros y las fronteras, se inventaron para que unos tengan el privilegio de pertenecer y otros se queden afuera”. ¡Y yo quejándome solo del proceder policial!

Crónicas de Pérez 12: los bancos

30 enero 2013

Pérez, mi perro, es un interlocutor ameno e inteligente, pero si en algo es inigualable para mí es en su capacidad de escuchar en silencio, habilidad excepcional tratándose de un simple animal. Como todos, yo también tengo de tanto en tanto esos días en que algo me molesta y no me deja pensar en otra cosa. Es entonces que compruebo su actitud amiga de ponerme la oreja y su sabiduría de dejar que me desahogue sin decir ni guau. “Los bancos son unos ladrones, Pérez”, le decía anoche llegando a la vereda de Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque. “Resulta que pedí un crédito para la pintura y los arreglos que tenemos que hacer en casa y me descuentan como el 4 por ciento de comisión. ¿Comisión de qué? ¿Por hacer qué? Si yo soy el cliente, el préstamo me lo dan ellos y no hay intermediación ni ninguna otra macana en el medio. Lo mismo me pasa con la cuenta de ahorro que tengo: nos cobran ‘mantenimiento’ ¿Qué le pasa a la cuenta que hay que mantenerla? ¿Se le producen goteras? ¿Necesita antióxido o lubricación? ¿Requiere tareas de limpieza? O sea que me dan, supongamos, 0,33 centavos de renta por los intereses ganados y se cobran 16 pesos de ‘mantenimiento’. Nos roban, Pérez, nos roban…”. Paré cuando llegamos hasta el retoño de paraíso que plantamos a principios de mes con mi hija Guille en uno de los tantos espacios en que el Gobierno de la Ciudad no repone arbolado público, y le descargamos las dos botellas reglamentarias de agua. “Que te aproveche, arbolito”, dije cuando nos íbamos y volvimos en silencio. Pérez comprendió que sería difícil tratar cualquier otro asunto, yo estaba tan trastornado que le acababa de hablar a una planta.