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Domingo lluvioso y peces muertos en Puerto Madero

29 noviembre 2009

Llovía sin ganas y yo quería caminar un rato a mitad de una guardia periodística este domingo. Me mojé un poco.

Caminé por Puerto Madero mascullando bronca por la insolencia de quienes pretenden que ese injerto ortopédico de Buenos Aires merece ser denominado barrio, equiparándolo groseramente con los entrañables rincones donde anida el alma del porteño, con sus pasiones, sus luchas, sus ensueños y aun su melancolía. Tal vez algún día lo merezca, pero primero tiene que ser colonizado por gente común, que hoy lo mira de lejos.

Pero lo llamativo el paseo por ese sector de la ciudad fue que vi muchos peces muertos flotando en los diques. Conté como 150 en sólo un par de rincones cerca del puente de la avenida Córdoba. Parecían todos de la misma especie, pero no sé identificarlos. Un mozo me dijo que aparecieron hoy.

¿Tendrá que ver con la inundación? ¿Será otro caso de contaminación?

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De noche y por el bosque

22 noviembre 2008

El cronista noctambulante fue esta vez a la Reserva Ecológica en la Costanera Sur. Aquí está el artículo que preparé:

Una noche en el refugio silvestre y fábrica de oxígeno de Buenos Aires

Buenos Aires, 15 de noviembre de 2008.- La salida de la luna se esperaba para las 23. Las treinta personas descansaban en silencio aunque expectantes en la húmeda oscuridad del bosque. Nadie mencionó la palabra miedo. Los tres niños estaban contenidos, abrazados a sus madres.

De pronto, se iluminó el tronco de un árbol y se oyó una voz de mujer: “Éste es un buibé“, dijo. Era Milena, una estudiante de biología y guía que con su linterna mostraba la flora nativa atesorada en la Reserva Ecológica de Buenos Aires, sobre la costa del Río de la Plata, en una de las visitas nocturnas que pueden hacerse allí gratis todos los meses.

“Al bosque de buibés sólo está permitido venir con guía. Habrán notado que sólo se oyen los sonidos interiores del bosque. De afuera sólo llegan la bocina de algún bargo o el motor de algún avión”, añadió.

Uno de los presentes, anónimo en la penumbra, comentó que uno de su calle dice conocer a un tipo que afirma haber escuchado aquí cierta vez un gol de Boca en La Bombonera, pero admitió no tener pruebas.

Esa noche lo que oían eran cantos de grillos y sonidos de otros insectos que no pudieron reconocer, un aleteo fugaz, el llamado de un ave nocturna y ramitas quebradas bajo el pie de algún homo sapiens, integrante del grupo de visitantes para más datos. Si otros pensaron en otra causa, no lo confesaron.

Todos sabían que en la zona hay cuises, lechuzas, comadrejas, víboras, murciélagos, lagartos, sapos y mil bichos más. Mosquitos también, pero no fueron tantos como temían los cobardes que apestaban a repelente.

“Esta especie está perfectamente adaptada al ambiente pantanoso”, abundaba Milena, mientras sacudía otro buibé y varios visitantes se turnaban para apoyar una oreja en el tronco.

“Se oye como agua adentro”, dictaminaron unánimes. “Parece pero no es -los decepcionó la guía-. Es el ruido del roce de las ramas con otros árboles. Como es tan hueco, se trasmite por el tronco”.

El contingente se puso en marcha nuevamente en fila india y siempre en silencio por un serpenteante sendero donde las plantas rozaban los cuerpos sin respeto. “E la luna, non arriva?”, inquirió una dama extranjera con sombrerito y zapatillas blancas.

Del bosque, donde las copas llegaban a ocho metros de altura, el grupo pasó a vegetación paulatinamente más baja, coronada de plumerillos de cortaderas, atravesó un sector de matorrales con olor a quemado de viejos incendios y llegó a una despejada costa.

Se produjo entonces el clímax de la experiencia. La luna llena emergía del este y se reflejaba como en un espejo roto en las aguas del Plata encrespadas por un viento limpio y fresco.

El grupo se desparramó en bancos y en el césped y disfrutó largos minutos la maravillosa postal natural, adornada por los destellos azules de las boyas del canal de acceso al puerto de Buenos Aires, mientras a lo lejos veía pasar el barco de Colonia.

Habían pasado tres horas desde el inicio de la excusión a la vista de otra maravilla, ésta producto del arte: la Fuente de las Nereidas, de Lola Mora, en la Costanera Sur, referencia para el más elegante balneario del país del Centenario que, en esta otra Argentina de vísperas del Bicentenario, permite encontrar el ingreso a este pulmón urbano de 370 hectáreas.

Como cada viernes de luna llena, los más de 200 visitantes con mayoría de mujeres y edad promedio superior a 40 años, que previamente se habían inscripto en el 0800 999 2727, fueron organizados en grupos de treinta.

La marcha comenzó por el Camino de los Lagartos, un ´pólder´del ancho de una calle formado por escombros de casas demolidas para construir las autopistas en tiempos de dictadura, cuando los planes para la zona, luego abandonados, eran erigir allí una ciudad satélite.

Esas barreras aceleraron la acumulación de sedimentos del río y embalsaron el agua de lluvia en lagos que hoy, tal vez por el cambio climático, mutaron en pastizales. Fue en ese punto que Milena hizo, como al pasar, la revelación de la noche: “Las plantas crecieron solas, los animales vinieron solos”, dijo imperturbable.

El resultado fue tan ecléctico como la misma Buenos Aires. Los frutos de las simientes que trajeron el río, el viento y las aves se mezclan ahora con los efectos de intervenciones humanas, involuntarias o deliberadas pero en ningún caso centralmente planeadas.

Hoy es posible encontrar flora nativa como la perfumada anacahuita, que las abuelas sabían aprovechar para hacer un té bueno para la garganta; o el ceibo, con su trágica leyenda del amor imposible de la guaraní Anahí por un español, junto con asiáticos fresnos.

Hay álamos norteamericanos que conviven con nativos talas, de características ramas en zigzag; con sauces criollos, cuya corteza suministraba la sustancia para la bayaspirina  antes de que el hombre aprendiera a copiarla en laboratorios, y las tipas, que “lloran” por efecto de las cochinillas que las parasitan.

Ahí están también palmeras del Mediterráneo y el curupí, con sus jugos pegajosos que permitieron inventar la plasticola y su divertida leyenda de albergue del duende que embarazaba chinas cuando los gauchos estaban de arreo.

Y se ven otros exponentes del ambiente de llanura pampeana o sobrevivientes de la selva en galería que antes de la colonización cubría la costa, desde la barranca hasta los albardones de resaca, y daba refugio hasta al hoy casi extinto yaguareté.

También la fauna exhibe hoy diversidad de orígenes, con especies que vinieron volando, flotando por el río a bordo de camalotales o en huevos adheridos a las patas de los pájaros, y otras que simplemente son como una contaminación de la ciudad: perros abanconados o fugados, tortugas, aves exóticas.

En total, el lugar alberga a 250 especies de aves, nueve de anfibios, 23 de reptiles, diez de mamíferos, 50 de mariposas y 245 de plantas.

A esa altura, el contingente ya estaba preparado para ver la gran prueba, la irrebatible señal de la virtud de la Reserva. En un árbol cuya especie no viene al caso, Milena enfocó una gran mancha gris verdosa. “Es un liquen, simbiosis de alga y hongo. Los líquenes son muy sensibles a la contaminación. Si éste está aquí es porque el aire es puro”, ilustró.

Cansado de la marcha, satisfecho por los conocimientos adquiridos, el grupo emprendió el regreso.

“¡Una luciérnaga!” gritó una mujer para alegría de todos. “Es increíble que tengamos que asombrarnos de esto”, filosofó otro visitante, mientras todos caminaban en dirección a los gigantes de Puerto Madero, la barrera en formación entre el ambiente del río y la ciudad que por ahora goza de sus buenos aires. (Raúl Queimaliños)