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Crónicas de Pérez 21: la 115

26 agosto 2014

Esta vez estaba prevenido.

El viernes, Pérez, mi perro, me estaba esperando otra vez, contento y con la correa preparada para llevarme a dar un paseo.

Ya me lo había hecho el día en que apareció Ignacio Guido, el nieto de Estela de Carlotto. Me guió por el recorrido muy simbólico del colectivo 114, como homenaje al nieto recuperado 114.

Pero esta vez yo me había enterado de la gran noticia, la aparición de Ana Libertad, y por suerte se me ocurrió investigar la ruta del colectivo 115: ¡de Retiro a Villa Soldati! Lo más cerca que pasa de casa, en Villa del Parque, debe ser la avenida Boedo. “Pérez, negociemos”, le dije.

Por suerte convinimos que es cierto que ambos necesitamos ejercicio, pero tampoco la pavada.

Regateamos entre su propuesta alternativa de caminar 115 cuadras y mi oferta inicial de dar 115 pasos. Partimos la diferencia. Después de todo, entre 57 cuadras y media de él y 57 cuadras y media mías, sumadas da 115.

Cuando volvimos era evidente la diferencia de estados. Él aún exhibía, ostentaba, regalaba su paso elegante; yo estaba hecho pelota. Pero también fue notoria la coincidencia de otro estado: ambos estábamos felices.

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Crónicas de Pérez 20: la Superluna

11 agosto 2014

Hacía varios días que Pérez, mi perro, venía diciéndome que no dejáramos pasar la noche del domingo sin dar un paseo para observar el cielo.

Intrigado, investigué un poco y averigüé que minutos después de las 21, la Luna alcanzaría su perigeo, es decir, pasaría por el punto de su órbita más cercano a nuestro planeta, con lo cual durante casi media hora se vería 14 por ciento más grande y 30 por ciento más brillante que lo habitual.

Claro, yo lo supe explorando diarios y otros materiales por Internet, pero ¿cómo lo sabía Pérez? Comienzo a sospechar que cuando en mitad de la noche me despierta para que le abra la puerta de la terraza no es solo para ir a hacer pis y que los ladridos con que ocasionalmente rompe el silencio de la madrugada no son únicamente dirigidos al gato del vecino que parte fugaz a sus ocupaciones.

El momento llegó y fuimos directamente a nuestro observatorio astronómico barrial, o sea, el paso a nivel de Emilio Lamarca y José Pedro Varela, donde la ausencia de edificios altos y el espacio abierto de las vías del ferrocarril San Martín confluyen para una perspectiva del cielo de una amplitud desusada en medio de la gran ciudad.

Nos ubicamos, como siempre, en la primera fila de la platea: la baranda en zigzag pintada a franjas rojas y blancas del paso peatonal, mirando hacia el este, es decir, en la dirección de las vías que conducen a la cercana estación Villa del Parque.

Allí estaba la Superluna en todo su esplendor. La mayor y más brillante de las tres que se darán este año. La anterior fue el 12 de julio y la próxima será  9 de septiembre.

Por un momento, tuvimos ante nosotros dos focos de luz, cuando el reflector led de los nuevos trenes chinos de esta línea ensayó una torpe y pasajera imitación de la radiante belleza del disco lunar.

Me agaché junto a Pérez para abrazarlo, en un consabido gesto de protección ante el estremecimiento que le provoca el paso del tren, y cuando el estruendo se apagó, la campana de la barrera cesó y los motores de los autos se alejaron, compartimos juntos en silencio el fascinante espectáculo celestial.

No sé en qué habrá pensado Pérez mientras miraba la Luna. Yo, al menos, divagué sobre lo que pudieran representar las zonas ligeramente sombreadas de su cara visible. Recordé que para algunos era como un gran queso gruyere. Otros siempre vieron allí una gran cara redonda, en cuyo ojo derecho fue a incrustarse el cohete de Viaje a la Luna, la película de George Melies de 1902, uno de los primeros balbuceos del cine, inspirado en “De la Tierra a la Luna”, del gran Julio Verne.

De niño me parecía ver allí representado al Diablo, con cuernos y todo. Ya mayor leí alguna vez que en el tarot, la combinación de los arcanos del Diablo y la Luna goza de muy mala fama.

Pero esta vez, este domingo, aquí y ahora en la Argentina, lo que vi o quise ver en la Luna fue algo diametralmente opuesto: un bebé en la panza de su mamá como se ve en una ecografía.

Según Pérez, esa visión es natural para alguien a quien la vida le está trayendo los primeros nietos (nótese que usé el plural), futuros testigos de la siguiente serie de tres superlunas un mismo año, en 2034. Y sobre todo, cuando la palabra “nieto” acaba de provocar una explosión de emoción colectiva, con una de las noticias más maravillosas que se pudieran imaginar.

Crónicas de Pérez 19: el 114

9 agosto 2014

El martes pasado llegué a casa por la tarde y Pérez, mi perro, estaba experándome con la correa en la boca. Acepté su invitación, me puso la correa en la mano izquierda y me sacó a pasear.

Mientras caminábamos por Simbrón, noté que iba muy contento y hasta me pareció que cuando un congénere le ladraba desde algún jardín o por debajo del portón de alguna cochera, más que enfrentarlo los saludaba. No sé, debía ser mi imaginación.

Lo cierto es que me llevó sucesivamente por Sanabria, Beiró y Chivilcoy, y terminamos con una vuelta a la plaza Arenales, en Villa Devoto.

Ya de regreso comprendí  -al fin y al cabo, como dice Pérez, pertenezco a una especie bastante inteligente-  que habíamos hecho un tramo del recorrido del 114. ¿Por qué lo habrá hecho? ¿Habrá querido decirme algo?

Crónicas de Pérez 18: el Borda

29 abril 2013

Paseamos el fin de semana con Pérez, mi perro. En Villa del Parque había otoño, lluvia, luna, vegetación húmeda, gatos furtivos, rumores distantes y también silencios… pero en estos días era imposible la poesía. Las imágenes dramáticas de la destrucción del taller y la brutalidad policial el viernes en el Borda demolieron toda calma, reprimieron toda manifestación de buen humor, dispersaron todo espíritu de paz, balearon la conciencia de humanidad.

“Nunca vi tanta locura como en el Borda”, resumió Pérez. Fue todo lo que se dijo.

Crónicas de Pérez 17: el otoño

21 abril 2013

Hacía mucho que no paseaba con Pérez, mi perro, atrapado como estaba entre mucho laburo profesional y la gratificante pero ardua tarea de pintar mi casa.

Con ambos frentes ya mejor controlados, finalmente explotó el grito de mi conciencia acicateado por la insostenible mirada demandante de Pérez, que en las últimas semanas venía confinado a un tacaño régimen de cortas caminatas nocturnas para ir a tirar la basura.

Y allí fuimos la otra tarde, unidos por una correa ya que no es posible tomarnos de la mano, a buscar a la pequeña Guillermina al colegio.

¡Qué linda es Buenos Aires en abril!, nos dijimos con una mirada. Fue salir de casa y rendirnos ante la alianza estética de los mil ocres que alfombran las calles y los rayos del sol otoñal que infiltran oro en el follaje diezmado de las copas.

Allí iba Pérez, con las orejitas levantadas produciendo un rítmico crepitar de horas secas, con su habitual tenacidad canina para exigir siempre mayor velocidad, cualquiera sea el ritmo que logre llevar el humano que viene detrás, o sea, yo.

El paseo, con todo lo hermoso que puso la naturaleza como escenario, no pudo eludir un toque triste de absoluta responsabilidad humana: ambos sabíamos que esa sería una de las últimas tardes en que veríamos los adoquines de Tinogasta, Emilio Lamarca y alguna otra calle del barrio, donde ya todo está preparado para sepultarlos con asfalto. Creemos que el entierro no pasa de esta semana.

Le busqué la lengua a Pérez, entonces, para que se despachara con alguna reflexión crítica. Dio unas vueltas, me dijo que quería tomar distancia de esas esferas, que no quería herir a personas que pensaran distinto y parecía que ahí terminaba el diálogo. Sin embargo, un par de cuadras después se despachó con un diálogo gracioso y a la vez crítico.  Se los paso:

– Ingeniero, ¿qué son para Ud. los vagones históricos del subte A?

– Basura.

– ¿Y las casas antiguas, la confitería Richmond, la Casa Suiza?

– Basura.

– ¿Y los bancos de plaza de hierro forjado con listones de madera que están reemplazando en la costanera por unos bloques de concreto?

– Basura.

– ¿Y los adoquines que pusieron los presos en Villa Devoto y Villa del Parque hace un siglo?

– Basura.

– ¿Y los monumentos que sacaron de las plazas Colombia, Canadá y Los Andes?

– Basura.

– ¿Y que es para Ud. la basura?

– Negocio.

Crónicas de Pérez 16: con Lola

26 febrero 2013

Fui con Pérez, mi perro, a dar un paseo corto, como acostumbro últimamente dado que ando muy ocupado con la pintura de mi casa. La novedad esta vez es que también vino Lola, mi perra.

Ellos son muy distintos, de aspecto y de personalidad. Pérez es un pastor belga, negro, obvio, y Lola una PCP, perro callejero promedio, marrón, obvio, y debe pesar entre un tercio y un cuarto lo que pesa su hermano del corazón.

Pero además, Pérez requiere correa y Lola se ciñe psicológicamente a la manada y responde a la voz del elemento alfa, o sea, yo (je). Con Pérez siempre nos cuidamos de no dejar la puerta abierta, porque se escapa. En cambio, Lola, si se queda afuera, llora para entrar.

La explicación que nos damos en familia es que Pérez debe haber nacido en una casa y ama irse por ahí. A diferencia de Lola que, como es de la calle, valora mucho tener una casa.

Anoche fuimos a llevarle su ración de agua a nuestro ahijado, el paraíso que estamos criando en la zona de las canchas de tenis del Gevepé (Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque) que, por ser lunes, estaba inactivo, oscuro y silencioso. La noche estaba fresquita y algo ventosa.

Salvo por un par de momentos de tensión, cuando nos ladró un vecino de pocas pulgas y cuando salió al balcón el weimaraner de la otra cuadra, anduvimos tranquilos con la rutina habitual de husmear árboles mientras escuchamos los sonidos de la noche: los jadeos de Pérez, las uñitas de Lola sobre las baldozas, el paso de un auto solitario produciendo como un burbujeo sobre los adoquines, el rumor del follaje de los árboles movidos por el viento, el estruendo de un 84 en el comienzo de  una vuelta nocturna.

La Luna, casi llena, reinaba esplendorosa en el cielo despejado. Pero el clímax del paseo lo aportó el semáforo de Tinogasta y Emilio Lamarca, el primero en estas calles, recién estrenado. Comprobamos con satisfacción que anda muy bien y coincidimos en que su momento más lucido es cuando se pone en rojo.

Crónicas de Pérez 14: la escapada

1 febrero 2013

Me enojé con Pérez, el boludo de mi perro. Resulta que el muy piola aprovechó que yo estaba haciendo una limpieza del frente de mi casa, vio una puerta abierta y salió a dar una vuelta autónoma. Largué todo, agarré la correa-cadena y salí en su persecución, llamándolo y silbando para que se dejara alcanzar o regresara. El muy inconsciente se hacía el que no me oía, me miraba de reojo y rajaba en cuanto me acercaba, y sepan que no existe en el mundo situación que me haga sentir más sexagenario que tener que correr a un perro. Encima, el guacho anda a los saltitos gentiles, como si se burlara de mis limitaciones psicomotrices. Allí iba muy orondo, correteando despreocupadamente por Simbrón, José Pedro Varela, San Nicolás, Emilio Lamarca como si fuera uno de sus antepasados retozando entre los rebaños en los alegres prados de Bélgica antes de la blitzkrieg alemana de 1940. ¡Hasta pasó las vías y amagó con cruzar entre el tránsito endemoniado de Beiró! Se dio el lujo de ir a visitar a un amigo que tiene en una ventana de Ricardo Gutiérrez, al lado del espacio del ensayo de la murga del barrio. Su desconsiderado comportamiento duró como una hora. ¡Una hora con 36 grados! Pero me parece que el calor fue mi aliado porque al final, Pérez mismo no quería más lola y, después de husmear el agua sucia de una zanja, pensó que sería mejor reencontrarse con su bebedero y me dejó tomarlo del collar permanente. Volví a casa retándolo todo el camino, aunque ya aliviado de saberlo nuevamente seguro. No le dirigí la palabra por el resto del día.